Coges del supermercado el paquete de café de siempre. El envase conserva prácticamente el mismo diseño, sigue ocupando el mismo espacio en la estantería y cuesta 3,95 euros, como la semana pasada. Parece que su precio no ha cambiado.
Hasta que miras la letra pequeña: antes contenía 250 gramos y ahora trae 225.
No has pagado más por el paquete, pero sí por cada gramo de café. El precio ha pasado de 15,80 a 17,56 euros por kilo, una subida cercana al 11 %. El ticket no muestra un aumento, aunque tu cesta sí se ha encarecido.
Esta estrategia se conoce como shrinkflation, un término inglés formado a partir de las palabras “reducción” e “inflación”. En español también se utiliza “reduflación”. Consiste en disminuir el peso, el volumen o el número de unidades de un producto sin reducir su precio en la misma proporción.
No es un fenómeno menor cuando llenar la despensa ocupa una parte considerable del presupuesto. Según la Encuesta de Presupuestos Familiares del INE, los hogares españoles gastaron una media de 5.626 euros en alimentos y bebidas no alcohólicas durante 2025, un 4,4 % más que el año anterior. Esta partida representó el 16 % del gasto medio familiar.
Además, el IPC seguía creciendo a una tasa anual del 3,2 % en junio de 2026, mientras que la inflación subyacente se situaba en el 2,9 %. Aunque estos indicadores no equivalen directamente a la reduflación, ayudan a entender por qué las empresas y las familias continúan pendientes de los costes y los precios.
Por qué las marcas reducen el envase en lugar de subir el precio
Cambiar el precio visible tiene un efecto inmediato. El consumidor que recuerda que unas galletas costaban 2 euros detecta enseguida que ahora cuestan 2,30. Puede elegir otra marca, esperar una oferta o dejar de comprarlas.
La reducción de cantidad resulta menos evidente.
Muchas personas recuerdan aproximadamente cuánto cuesta un producto, pero no cuántos gramos incluye. También solemos reconocerlo por el color, la forma y el tamaño exterior del envase. Si esos elementos apenas cambian, es fácil asumir que seguimos comprando lo mismo.
Ahí está la principal ventaja comercial de la shrinkflation: permite elevar el precio real sin tocar demasiado la cifra que más mira el comprador.
Las empresas pueden recurrir a ella cuando aumentan las materias primas, la energía, el transporte, los salarios o el envasado. Mantener el precio psicológico de 1,99 o 2,99 euros puede parecer comercialmente más seguro que superar esa barrera.
Eso no convierte cualquier reducción en un engaño. Una empresa puede rediseñar un producto, adaptar una ración o lanzar un formato diferente. El problema aparece cuando el envase conserva una apariencia casi idéntica y el cambio de cantidad pasa desapercibido, especialmente si el precio se mantiene o sube.
La Organización de Consumidores y Usuarios detectó en 2025 un ejemplo concreto al analizar 54 flanes vendidos en supermercados. Según OCU, un flan de vainilla había reducido su contenido de 100 a 95 gramos, un 5 % menos, manteniendo el precio del envase. El resultado era un aumento encubierto del precio por cantidad.
A veces la reducción y la subida ocurren al mismo tiempo. Supongamos que un paquete pasa de 500 a 450 gramos y de 2,40 a 2,50 euros. Mirando solo el ticket, el incremento parece del 4,2 %.
Sin embargo, el precio por kilo pasa de 4,80 a 5,56 euros. El aumento real ronda el 15,8 %.
Por eso, comparar únicamente el precio final puede llevar a conclusiones equivocadas. El envase más barato no siempre es el que ofrece más producto por cada euro.

La práctica puede ser legal, pero no siempre es transparente
La reduflación no es ilegal por sí misma en España siempre que la cantidad declarada sea correcta y se respeten las normas de información al consumidor. El fabricante puede modificar el formato de un producto, del mismo modo que puede cambiar su receta o su precio.
La cuestión discutible es cómo se comunica esa modificación.
El Real Decreto 3423/2000 obliga, con determinadas excepciones, a mostrar tanto el precio de venta como el precio por unidad de medida. Ambos deben ser inequívocos, identificables, legibles y visibles sin que el comprador tenga que solicitar la información.
En alimentos y bebidas, esa referencia suele expresarse en euros por kilo o por litro. En otros productos puede utilizarse el precio por unidad, por lavado o por una cantidad determinada.
Esa pequeña cifra de la etiqueta es la herramienta más útil contra la shrinkflation.
OCU ha pedido que las reducciones de contenido que impliquen un aumento del precio por unidad se indiquen expresamente durante un periodo determinado. Su propuesta plantea que el cambio figure de forma clara y adicional junto al precio, como ya sucede mediante regulaciones específicas en otros países europeos.
La reclamación tiene sentido porque cumplir formalmente con el peso neto no garantiza que el consumidor perciba el cambio. Una indicación de 450 gramos situada en una esquina del envase puede ser correcta, pero difícilmente llamará la atención de quien lleva años comprando el formato de 500 gramos.
Existe además una variante más difícil de detectar: la denominada cheapflation o reducción de calidad. En lugar de disminuir la cantidad, el fabricante sustituye algún ingrediente por otro más barato, reduce su proporción o modifica la fórmula manteniendo un envase y un precio similares.
En el mismo estudio sobre flanes, OCU señaló productos en los que se había reducido la proporción de huevo o sustituido leche entera por semidesnatada.
Aquí no basta con revisar los gramos. También habría que comparar la lista de ingredientes y la composición nutricional, algo poco realista durante una compra cotidiana con prisas.
La responsabilidad de informar no debería descargarse por completo sobre el consumidor. Las personas tienen derecho a comparar, pero las modificaciones relevantes también deberían comunicarse sin obligarlas a fotografiar cada envase para detectar diferencias.
Cómo evitar pagar más sin darte cuenta
La primera regla es dejar de tomar el envase como unidad de comparación.
Dos botellas, cajas o bolsas aparentemente similares pueden contener cantidades muy distintas. Busca el precio por kilo, litro, unidad o lavado que aparece en la etiqueta del lineal. Esa cifra permite comparar formatos y marcas aunque los envases no coincidan.
También conviene revisar periódicamente el peso de los productos que compras por costumbre. No hace falta memorizar toda la despensa. Basta con prestar atención a los artículos recurrentes y de mayor coste: café, aceite, detergente, cereales, lácteos, productos de higiene o comida para mascotas.
Cuando detectes un cambio, calcula el incremento real:
Precio del envase ÷ cantidad = precio por unidad de medida.
Para un paquete de 400 gramos que cuesta 3 euros, divide 3 entre 0,4. El resultado es 7,50 euros por kilo.
Si el nuevo paquete contiene 350 gramos y mantiene el precio de 3 euros, el coste sube a 8,57 euros por kilo. La reducción del envase ha provocado un encarecimiento del 14,3 %.
Las promociones tampoco garantizan un mejor precio. Un “formato ahorro”, un paquete familiar o una segunda unidad rebajada puede costar más por kilo que otro tamaño sin promoción. El reclamo comercial y el ahorro real no siempre coinciden.
Estas pautas ayudan a comprar con más criterio:
- Compara el precio por kilo, litro, lavado o unidad.
- Revisa el peso neto, no el tamaño exterior del paquete.
- Comprueba si una promoción exige comprar más de lo que necesitas.
- Observa cambios en los ingredientes de los productos habituales.
- Conserva algún ticket o fotografía cuando sospeches que el formato ha cambiado.
Cambiar de marca puede ser razonable cuando la diferencia de precio por unidad es grande, pero la opción más barata tampoco tiene que ser automáticamente la mejor. Hay que valorar la calidad, el aprovechamiento y la cantidad que realmente se consumirá.
Comprar un formato enorme porque ofrece un precio inferior por kilo no supone ahorrar si parte del producto acaba caducando. Del mismo modo, sustituir un artículo por otro de peor calidad puede generar un ahorro pequeño que no compense.
La shrinkflation funciona porque convierte una subida visible en una modificación discreta. La próxima vez que un producto parezca mantener milagrosamente su precio, mira los gramos y la etiqueta del lineal. Comparar durante unos segundos el coste por unidad puede evitar que una reducción casi invisible se repita en toda la cesta.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa “shrinkflation”?
Es la reducción de la cantidad, el peso, el volumen o el número de unidades de un producto sin una bajada proporcional de su precio. En español también se denomina reduflación.
¿La reduflación es legal en España?
Puede ser legal si el contenido real aparece correctamente indicado y se cumplen las obligaciones sobre precios e información al consumidor. La controversia surge cuando el cambio se presenta de manera poco visible y dificulta percibir la subida del precio por unidad.
¿Cómo puedo saber si un producto se ha encarecido?
Compara su precio por kilo, litro, unidad o lavado con el del formato anterior. Revisar solo el precio del envase puede ocultar una subida causada por la reducción de cantidad.
¿Qué diferencia existe entre reduflación y “cheapflation”?
La reduflación disminuye la cantidad. La cheapflation reduce la calidad o modifica la composición, por ejemplo, utilizando ingredientes más baratos o rebajando la proporción de los principales.
¿Los formatos grandes siempre salen más baratos?
No. Debes comprobar el precio por unidad de medida. Además, un formato grande solo genera ahorro si vas a consumirlo antes de que se estropee o pierda calidad.